Hay científicos teóricos, empíricos, observacionales y experimentales... y luego está George de Hevesy, un hombre cuya brillantez no solo revolucionó la medicina moderna, sino que le permitió engañar a la Gestapo a plena luz del día.
El oro que desapareció a plena vista
En la primavera de 1940, la Alemania nazi ocupó Dinamarca. La Gestapo no tardó en marchar hacia el Instituto de Física Teórica de Niels Bohr en Copenhague. Tenían un objetivo claro: confiscar cualquier objeto de valor y arrestar a disidentes. En el laboratorio se escondían dos medallas del Premio Nobel de oro macizo pertenecientes a los físicos alemanes Max von Laue y James Franck.
Conservar ese oro era un delito capital bajo las leyes nazis, especialmente porque Franck era de origen judío y von Laue un abierto opositor al régimen. Ocultar oro se pagaba con la vida. Enterrarlo no era seguro, ya que la Gestapo registraría hasta el último palmo del jardín. En ese momento de prisas y confusión, Hevesy, que trabajaba allí como investigador, tuvo una idea brillante.
🧪 La química al rescate: Hevesy tomó un gran matraz, mezcló ácido nítrico y clorhídrico para crear la corrosiva agua regia, y sumergió las pesadas medallas de 23 quilates. El oro es un metal extremadamente estable, por lo que la reacción fue lenta. Durante horas, el ácido devoró el oro hasta volverlo un líquido espeso y turbio de un tono naranja oscuro.
Cuando los soldados alemanes irrumpieron en el laboratorio, revisaron cada cajón y estantería. Sin embargo, un simple bote de cristal lleno de un líquido anaranjado en una estantería alta pasó totalmente desapercibido entre cientos de matraces y productos químicos.
El origen de la astucia: Un pastel de carne en Manchester
La capacidad de Hevesy para rastrear lo invisible se había forjado treinta años atrás en una miserable pensión de Inglaterra. Corría el año 1911 y Hevesy era un joven estudiante trabajando en los laboratorios del legendario Ernest Rutherford en Manchester.
Rutherford le había encargado una tarea imposible: separar un material radiactivo llamado "Radio-D" del plomo. Hevesy fracasó tras meses de intentos (más tarde se descubriría que era imposible porque el Radio-D era en realidad Plomo-210, un isótopo del mismo elemento), pero este "fracaso" le dio una idea monumental. Si no podía separarlo, podía usar la radiación como una "etiqueta" para rastrear el plomo.
Como no tenía mucho dinero, Hevesy vivía en un alojamiento modesto. Su casera presumía de servir comida fresca cada día, pero el joven científico sospechaba que las sobras de la carne del domingo se convertían misteriosamente en el estofado del martes y en el pastel de carne del jueves. Cuando la confrontó, la mujer, indignada, lo negó rotundamente. Hevesy decidió aplicar el método científico.
Un domingo, espolvoreó en secreto una ínfima e inofensiva cantidad de material radiactivo sobre las sobras de su plato. Varios días después, cuando la casera le sirvió un pastel de carne supuestamente "recién hecho", George utilizó un electroscopio de pan de oro —un instrumento simple de detección de radiación— para verificar la comida. Las sospechas se confirmaron: la aguja del electroscopio saltó. La casera, totalmente desconcertada al verse descubierta, creyó que aquello era brujería.
☢️ El nacimiento de una era: Aquella anécdota culinaria fue un momento fundacional para la ciencia. Hevesy entendió que si podía seguir el rastro de la carne reciclada, podía hacer lo mismo dentro de las plantas y del cuerpo humano. Habían nacido los trazadores radiactivos, la semilla absoluta de la medicina nuclear moderna y de las técnicas oncológicas (como el PET) que usamos hoy.
El legado de una mente indomable
Ese mismo talento lo llevó a codescubrir el hafnio (elemento 72) en 1923, trabajando junto al físico holandés Dirk Coster mediante espectroscopia de rayos X, rellenando uno de los huecos vacíos de la tabla periódica de Mendeleiev.
A finales de 1943, perseguido por su propio origen judío ante la inminente deportación de los judíos daneses, Hevesy tuvo que huir cruzando el mar hacia Suecia en un bote de pesca en mitad de la noche. Irónicamente, ese mismo año el mundo reconoció finalmente su genialidad otorgándole el Premio Nobel de Química por su invención de los trazadores radiactivos.
Cuando la guerra terminó en 1945, Hevesy regresó a su laboratorio en Copenhague. El bote con aquel líquido naranja seguía allí, intacto, esperándolo en la misma estantería.
Añadió un precipitante químico, revirtió la reacción y observó cómo el oro puro volvía a materializarse en el fondo del matraz. Hevesy envió ese oro recuperado a la Fundación Nobel en Estocolmo, la cual volvió a fundir exactamente el mismo metal para recrear las medallas originales y devolvérselas a Laue y Franck en 1952.
George de Hevesy demostró que la ciencia es, ante todo, la forma más fina de la astucia humana. La misma intuición brillante que sirvió para cazar a una casera tramposa logró engañar al régimen más temido de la historia, salvó el honor de dos colegas y terminó salvando millones de vidas gracias al nacimiento de la medicina nuclear.